Después
de 51 días de bloqueos que dejaron una profunda huella en la economía, la política
y la sociedad boliviana, el país comienza lentamente a recuperar la normalidad.
Sin embargo, como enseña un antiguo proverbio chino, toda crisis encierra
también una oportunidad.
Por
ello, más que seguir discutiendo si el gobierno de Rodrigo Paz debió tomar una
u otra medida, conviene mirar hacia adelante. Ese debate podrá quedar para los
historiadores. Lo verdaderamente importante es comprender que el escenario
político ha cambiado y que hoy el gobierno dispone de una oportunidad que
difícilmente volverá a repetirse.
Paradójicamente,
el desgaste político acumulado por quienes promovieron y sostuvieron los
bloqueos parece ser mayor que el costo asumido por el propio gobierno. Esa
circunstancia le devuelve la iniciativa política y le permite impulsar reformas
que antes habrían encontrado una resistencia mucho más intensa.
La
primera tarea debería ser la institucionalización del Estado, durante años, las
principales entidades públicas han permanecido bajo autoridades interinas,
convertidas en dependencias sujetas a decisiones políticas antes que técnicas.
El Banco Central de Bolivia, YPFB, ENDE, la Aduana Nacional, el Servicio de
Impuestos Nacionales y muchas otras instituciones necesitan recuperar
estabilidad, profesionalismo y autonomía.
No
debe olvidarse que una de las principales promesas de campaña fue precisamente
acabar con esa lógica de improvisación mediante autoridades designadas por
mérito y no por afinidad política. Cumplir ese compromiso enviaría un mensaje
claro: el nuevo gobierno no pretende administrar el viejo modelo heredado, sino
reemplazarlo por instituciones fuertes e independientes.
Probablemente
muchos de los problemas que el país ha enfrentado en estos primeros meses
—desde la polémica por la calidad de los combustibles hasta el manejo de las
"narco-maletas", las contradicciones sobre los billetes siniestrados
o la falta de coordinación entre distintas reparticiones públicas— no habrían
alcanzado semejante magnitud si las instituciones involucradas hubieran contado
con autoridades estables y con capacidad técnica para tomar decisiones sin
depender permanentemente del poder político.
Pero
la institucionalización no debe limitarse al Poder Ejecutivo, otra decisión
impostergable es completar las acefalías existentes en los máximos tribunales
de justicia.
En
el caso del Tribunal Constitucional Plurinacional, la solución es perfectamente
viable. Después de más de un año y medio funcionando únicamente con cuatro
magistrados, corresponde impulsar en la Asamblea Legislativa una ley que habilite
la incorporación de los magistrados suplentes. La propia Constitución Política
del Estado, en el artículo 197, parágrafo II, prevé expresamente que los
suplentes asumirán funciones "por ausencia del titular o por otros motivos
establecidos por ley". Precisamente, la falta de magistrados titulares
constituye uno de esos supuestos que el legislador puede desarrollar sin
vulnerar el texto constitucional.
La
situación del Tribunal Supremo de Justicia es diferente y considerablemente más
compleja, intentar cubrir únicamente las dos vacantes existentes mediante un
nuevo proceso de preselección legislativa y elección popular implicaría un
enorme costo económico y, sobre todo, profundizaría una anomalía institucional.
Bolivia terminaría consolidando dos generaciones distintas de magistrados
elegidos en momentos diferentes, pese a que la Constitución establece un
mandato uniforme de seis años.
Esa
distorsión difícilmente puede corregirse sin una reforma parcial de la
Constitución, que permita reorganizar el calendario electoral judicial o,
incluso, replantear integralmente el actual sistema de designación de
magistrados, cuyas deficiencias han quedado ampliamente demostradas durante los
últimos años.
Las
crisis dejan heridas, pero también crean ventanas de oportunidad. La historia
demuestra que los grandes cambios casi nunca nacen en tiempos de tranquilidad,
sino después de los momentos más difíciles.
A
menudo, los gobiernos suelen administrar la crisis en lugar de transformar las
instituciones. Desperdiciando así las coyunturas favorables para el
cambio. Rodrigo Paz tiene hoy la
posibilidad de aprovechar el momento político para cumplir sus compromisos,
fortalecer el Estado y sentar las bases de una administración menos dependiente
de la improvisación y del cálculo partidario, porque, como acertadamente dijo
Winston Churchill, "Nunca
dejes que una buena crisis se desperdicie"
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