En el debate político boliviano es frecuente escuchar que una determinada ley es "legal, pero ilegítima". La frase suele pronunciarse con absoluta seguridad y termina convirtiéndose en el argumento definitivo para defender o condenar una norma. Sin embargo, detrás de esa aparente certeza existe una profunda confusión conceptual.
En
realidad, discutir si una ley es legítima o ilegítima, como si ambas
condiciones fueran excluyentes, constituye un falso debate.
Desde
Aristóteles se ha sostenido que "todo lo legal, en cierto modo, es
justo". Sin embargo, reducir el análisis de una ley únicamente a su
justicia o injusticia significa observar apenas una parte del problema. Toda
norma jurídica posee tres dimensiones inseparables: la legal, la axiológica y
la sociológica. Comprenderlas permite entender por qué muchas discusiones
públicas terminan girando en círculos.
La primera
es la dimensión legal, que responde a una pregunta estrictamente
jurídica: ¿la norma está vigente o no? Pero además analiza si es
constitucional, si contradice otras disposiciones, si existen vacíos normativos,
si corresponde aplicar una ley especial o una norma preferente. Es el ámbito
propio del Derecho positivo.
La segunda
es la dimensión axiológica, es decir, la legitimidad de la ley. Aquí ya
no se discute su existencia jurídica, sino los valores morales, éticos y
principios que justifican —o cuestionan— su contenido.
Precisamente
en este punto nace la mayor confusión. Una ley nunca es absolutamente legítima
ni absolutamente ilegítima, una ley es, al mismo tiempo, legítima e
ilegítima. Mientras la ley exista, convivirán argumentos éticos que la
defienden y argumentos éticos que la rechazan. Sus partidarios encontrarán
razones para justificarla; sus detractores tendrán fundamentos igualmente
sólidos, desde su propia escala de valores, para combatirla.
Por ello,
afirmar que una ley es simplemente legítima o ilegítima resulta
intelectualmente insuficiente. Toda norma genera adhesiones y rechazos porque
las sociedades democráticas están integradas por ciudadanos que no comparten
necesariamente los mismos valores.
Basta
observar algunos temas particularmente sensibles. Quienes defienden la
legalización del aborto consideran ilegítima una legislación que lo prohíba y
lucharán por modificarla. Quienes sostienen la posición contraria harán exactamente
lo mismo si la ley cambia de sentido. Lo que para unos representa un avance
moral, para otros constituye un retroceso ético. La controversia nunca
desaparece; simplemente cambian los protagonistas.
Existe,
finalmente, una tercera dimensión que suele olvidarse: la legitimación.
A
diferencia de la legitimidad, que pertenece al terreno de los valores, la
legitimación es un fenómeno sociológico. Se refiere al grado de aceptación que
una ley obtiene dentro de la sociedad. Una norma puede ser perfectamente válida
desde el punto de vista jurídico y, al mismo tiempo, ser rechazada por la
mayoría de los ciudadanos. Del mismo modo, puede gozar de un amplio respaldo
social aun cuando continúe siendo objeto de profundas críticas morales.
Cuando
coinciden la legalidad, la legitimidad y la aceptación mayoritaria de la
ciudadanía, estamos frente a una situación de legitimación plena. La ley no
solo es válida, sino que además es considerada justa por una parte importante
de la sociedad y cuenta con respaldo ciudadano suficiente para sostenerse en el
tiempo.
Pero
también puede ocurrir lo contrario. Existen leyes formalmente vigentes que
sobreviven únicamente gracias al poder político que las sostiene, mientras la
mayoría de la población las desaprueba. En esos casos, la norma conserva su
legalidad, continúa generando el debate moral propio de toda ley, pero pierde
su legitimación social. Es decir, se encuentra deslegitimada ante la
ciudadanía.
Por ello,
cuando en el debate público se afirma que una ley es "legal pero
ilegítima", en realidad se mezclan conceptos distintos. La verdadera
pregunta no debería limitarse a si la ley es legítima o ilegítima - porque toda
ley es objeto permanente de controversia moral que genera pretensiones
contrapuestas de legitimidad – la verdadera pregunta es si conserva respaldo
ciudadano suficiente para mantener su vigencia.
Distinguir
entre legalidad, legitimidad y legitimación no es un
ejercicio meramente académico. Es una herramienta indispensable para comprender
el funcionamiento del Estado de Derecho y para evitar que el debate político
sustituya el análisis jurídico por simples consignas.
Solo cuando
diferenciamos estos tres conceptos podemos discutir las leyes con mayor rigor
y, sobre todo, con mayor honestidad intelectual.

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