Durante
años, el debate sobre el sistema de pensiones en Bolivia se ha concentrado en
una falsa dicotomía: AFP privadas versus Gestora Pública. Sin embargo, esa
discusión ha desviado la atención del verdadero problema. Lo que determina el
monto de una jubilación no es quién administra los fondos, sino la rentabilidad
que generan los ahorros de los trabajadores durante toda su vida laboral.
La creación
de la Gestora Pública significó un cambio con luces y sombras. Entre sus
aspectos positivos destaca la drástica reducción de las comisiones por
administración, que pasaron de aproximadamente 2,89% a apenas 0,5%.
No
obstante, ese avance ha quedado opacado por un problema mucho más profundo: la
escasa rentabilidad obtenida por las inversiones.
En los
últimos años, la mayor parte de los recursos administrados por la Gestora se ha
concentrado en bonos del Tesoro General del Estado y en títulos emitidos por
entidades financieras nacionales. Se trata de inversiones de bajo riesgo, pero
también de bajo rendimiento, que además terminan financiando el creciente
déficit fiscal del Estado.
El
resultado es evidente. La rentabilidad promedio apenas bordea el 4,3%
nominal anual, es decir, si descontamos la inflación, el rendimiento negativo.
Mientras tanto, los grandes fondos de pensiones de Chile, Perú, México, Canadá,
Australia o Noruega obtienen rendimientos reales que oscilan entre el 5% y
el 9% anual, gracias a una amplia diversificación internacional de sus
portafolios.
A esta
limitación se suma otro obstáculo: la falta de dólares ha reducido aún más la
capacidad de la Gestora para acceder a activos internacionales. Sin embargo, el
reciente anuncio del Gobierno sobre un acuerdo con el Fondo Monetario
Internacional, destinado a fortalecer las Reservas Internacionales podría abrir
la posibilidad de que, en el futuro, existan mayores condiciones para realizar
inversiones fuera del territorio nacional.
Pero
incluso si ese problema cambiario se resolviera, persistiría el obstáculo
legal. La Ley de Pensiones establece que las inversiones en el exterior no
pueden superar el 50% del portafolio y, además, para llegar siquiera a ese
límite es necesario atravesar un complejo proceso de autorizaciones y
aprobaciones por parte de diversas instituciones como la Autoridad de
Fiscalización y Control de Pensiones y Seguros (APS), la Autoridad de
Supervisión del Sistema Financiero (ASFI) y el Banco Central de Bolivia, entre
otras. En la práctica, este entramado burocrático reduce la capacidad de
reacción frente a las oportunidades que ofrecen los mercados internacionales.
Existe
además otra anomalía institucional difícil de justificar. Después de más de
tres años de funcionamiento, la Gestora Pública continúa sin contar con el
Directorio previsto por la Constitución Política del Estado y por la propia Ley
de Pensiones. Ni siquiera se ha conformado un directorio transitorio que defina
políticas estratégicas y supervise las decisiones de largo plazo de la entidad.
No todo,
sin embargo, es motivo de preocupación. El sistema mantiene una característica
fundamental heredada de las antiguas AFP: las cuentas individuales continúan
administrándose mediante un fideicomiso. Esto significa que el patrimonio de la
Gestora permanece completamente separado del patrimonio de los trabajadores y
jubilados. En consecuencia, los recursos de los aportantes no pueden
confundirse con los activos de la institución ni utilizarse para cubrir sus
obligaciones administrativas. Esta separación constituye una garantía jurídica
esencial y evita que se repitan los desastres ocurridos décadas atrás, cuando
antiguos fondos estatales de pensiones fueron utilizados como una verdadera
"caja chica" de los gobiernos de turno, provocando cuantiosos
desfalcos y la quiebra de los sistemas previsionales.
Sin
embargo, ninguna garantía patrimonial puede ocultar la realidad que viven
cientos de miles de jubilados. El mayor fracaso del sistema previsional
boliviano sigue siendo el monto de las pensiones. Después de 35 o incluso 40
años de aportes, la mayoría de los trabajadores apenas logra acceder a una
jubilación que representa menos del 35% de su último salario, una de las tasas
de reemplazo más bajas de América Latina.
Existe, sin embargo, un ejemplo dentro del
propio Estado que demuestra que otra realidad es posible. Los miembros de las
Fuerzas Armadas acceden a un régimen previsional que les permite jubilarse
percibiendo el 100% de sus ingresos. No se trata, por supuesto, de cuestionar
ese derecho ni de proponer que los militares reciban menos. Todo lo contrario.
Ese debería ser el horizonte al que aspire todo el sistema previsional
boliviano. Si el Estado considera justo que quienes han dedicado su vida al
servicio del país mantengan su nivel de ingresos al jubilarse, ese mismo
principio debería extenderse gradualmente a todos los trabajadores bolivianos.
Una jubilación no debe significar una condena a la pobreza, sino la continuidad
de una vida digna después de décadas de esfuerzo.
Bolivia necesita con urgencia una
profunda reforma de su sistema de pensiones. Esa reforma debe permitir una
verdadera diversificación internacional de las inversiones, establecer un
gobierno corporativo independiente y profesional para la Gestora, proteger el
ahorro previsional frente a la inflación y elevar progresivamente la rentabilidad
de los fondos.
Pero
la discusión no debe limitarse únicamente a la administración de los recursos.
El verdadero desafío consiste en redefinir cuál debe ser el objetivo de un
sistema previsional moderno. Revalorizar las pensiones no constituye un
privilegio ni una concesión política; es un acto elemental de justicia. Después
de 30, 35 o 40 años de trabajo, ningún boliviano debería enfrentar la vejez con
incertidumbre económica ni ver reducido su ingreso a una fracción insuficiente
para vivir con dignidad. La finalidad de una reforma previsional debe ser que
todos los trabajadores puedan aspirar, gradualmente, a una jubilación que les
permita conservar un nivel de vida razonablemente similar al que disfrutaban
durante su vida activa.
Porque
el éxito de un sistema de pensiones no se mide por el volumen de recursos que
administra, sino por la calidad de vida que garantiza a quienes aportaron
durante toda su existencia laboral. Mientras un trabajador boliviano deba
dedicar tres o cuatro décadas de esfuerzo para terminar recibiendo una pensión
de miseria, la reforma previsional seguirá siendo una deuda pendiente del
Estado, de lo contrario Bolivia continuará figurando entre los países con las
jubilaciones más bajas del continente.
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