Continuando
con el análisis de las propuestas de reforma parcial de la Constitución
planteadas por Tuto Quiroga, llegamos al artículo 168, referido a la reelección
presidencial.
Este
artículo ya fue sometido a referendo constitucional durante el gobierno de Evo
Morales. La pregunta planteada a los bolivianos fue si aprobaban o rechazaban
la reforma que permitía la reelección continua del presidente y vicepresidente
por dos veces consecutivas. El resultado fue claro: el 51% de los votantes
rechazó la reforma.
Sin
embargo, mediante la Sentencia Constitucional 0084/2017, de 28 de noviembre de
2017, se declaró el supuesto derecho humano de Evo Morales y Álvaro García
Linera a la reelección indefinida.
La
propuesta de Tuto Quiroga pretende cerrar definitivamente esa puerta. Su texto
establece que el presidente y vicepresidente podrán ser reelegidos una sola vez, de
manera continua o discontinua, pero que en ningún caso podrán
superar los diez años de ejercicio de la función.
La
primera parte de la propuesta me parece correcta. Establecer expresamente que
la reelección solo puede producirse una vez, sea de manera continua o
discontinua, elimina una de las principales zonas de ambigüedad que fueron
utilizadas políticamente para intentar justificar nuevas candidaturas.
Pero
existe un problema en la segunda parte.
La
frase que establece que, “en ningún caso”, se podrán superar los diez años de
ejercicio puede generar más problemas de interpretación de los que pretende
resolver. ¿Qué ocurre si un vicepresidente asume la Presidencia por sucesión
constitucional y permanece tres años en el cargo, para después ser elegido por
otros cinco? ¿Cuántos años le quedarían? ¿Qué sucede con quien renuncia antes
de concluir su segundo mandato?
Son
situaciones que pueden parecer hipotéticas, pero precisamente una Constitución
debe redactarse pensando también en los escenarios excepcionales. Una norma
constitucional no debería sembrar futuras controversias cuando existe una
fórmula mucho más sencilla: nadie puede ser reelegido más de una vez.
Aquí
aparece, además, una contradicción que merece ser debatida.
Varios
candidatos a la Presidencia, incluido el actual presidente Rodrigo Paz,
plantearon durante la campaña que debía prohibirse la reelección presidencial y
limitar el mandato a un solo periodo. El propio Tuto Quiroga defendió
anteriormente esa posición. El 6 de febrero de 2020 presentó incluso un
proyecto de ley que establecía que el mandato presidencial y vicepresidencial
sería de cinco años, improrrogable y por una sola vez.
¿Por
qué, entonces, ahora se propone una reelección?
La
respuesta no debería depender de quién ocupa circunstancialmente el Palacio
Quemado. Las reglas constitucionales deben diseñarse para limitar el poder, no
para favorecer o perjudicar a una persona concreta.
Nuestra
historia demuestra que la reelección presidencial ha sido, en distintos
momentos, una fuente de conflictos políticos. El caso de Hernando Siles Reyes
es uno de los ejemplos más conocidos. Su intención de buscar un segundo
mandato, cuando la Constitución de 1880 no lo permitía, terminó desencadenando
una crisis política que culminó con su renuncia y con el posterior golpe de
Estado de Carlos Blanco Galindo.
Por
eso, la discusión no debería reducirse a si un buen presidente merece
continuar.
En
una democracia liberal, ningún gobernante debe ser indispensable.
Si un gobierno fue bueno, sus políticas, instituciones y resultados deberían
poder continuar bajo nuevas autoridades elegidas libremente por los ciudadanos.
La democracia no puede depender de la permanencia indefinida de una persona.
La
alternancia no significa premiar a un mal gobierno ni castigar a uno bueno.
Significa recordar que el poder pertenece a los ciudadanos y no al gobernante.
Por
eso considero acertada la intención de impedir una segunda reelección, pero
innecesariamente compleja la fórmula de los diez años. La Constitución debe ser
clara, sencilla y resistente a interpretaciones interesadas.
Una regla debería bastar: cinco años de mandato y una sola
reelección, continua o discontinua. Después, el poder debe cambiar de manos.
Porque
una democracia sólida no se construye buscando que el gobernante permanezca más
tiempo, sino construyendo instituciones capaces de funcionar cuando ningún
gobernante sea indispensable.

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