Una de las
propuestas planteadas por Jorge Tuto Quiroga y la alianza LIBRE en el marco de
las reformas parciales a la Constitución es la eliminación del Consejo de la
Magistratura y la transferencia de sus competencias al Tribunal Supremo de
Justicia. Sin embargo, la cuestión fundamental no debería ser simplemente
suprimir una institución cuestionada, sino determinar qué estructura
institucional puede garantizar una justicia independiente, eficiente y libre de
presiones políticas.
El
debilitamiento del Consejo de la Magistratura
El
antecedente del actual Consejo de la Magistratura es el Consejo de la
Judicatura, incorporado mediante las reformas constitucionales de 1994. Su
creación respondió a un principio de especialización funcional: separar la
administración de los recursos económicos y el control disciplinario de la
función estrictamente jurisdiccional, liberando a la entonces Corte Suprema de
Justicia de las tareas de gestión interna.
La
Constitución de 2009 modificó sustancialmente este diseño institucional,
reduciendo de cinco a tres sus integrantes y alterando sus competencias
financieras, administrativas y disciplinarias. A ello se sumaron
cuestionamientos sobre la gestión de los recursos humanos, denuncias de
corrupción y problemas de independencia frente al poder político.
Estas
deficiencias ayudan a explicar las propuestas de eliminación del Consejo, pero
no demuestran que transferir sus competencias al Tribunal Supremo de Justicia
sea necesariamente la solución. Concentrar funciones financieras,
administrativas, disciplinarias y jurisdiccionales puede generar nuevos
conflictos de intereses y riesgos de interferencia. La reforma debe resolver
las causas del problema, no limitarse a trasladarlas de una institución a otra,
como pretende Tuto y LIBRE.
La creación
del Gobierno del Poder Judicial
En un
artículo anterior propusimos la profesionalización de la carrera judicial como
condición indispensable para fortalecer la independencia de jueces y
magistrados. Sin embargo, esta medida resulta insuficiente si no existe una
institución capaz de protegerlos frente a presiones externas. Por ello,
planteamos la creación del Gobierno del Poder Judicial (GPJ), como máxima
autoridad política y administrativa del Poder Judicial, sin jurisdicción ni
competencia para administrar justicia.
El GPJ se constituiría en el verdadero órgano
de dirección política del Poder Judicial, al ser la instancia responsable de
formular e impulsar las políticas públicas destinadas a mejorar el
funcionamiento del sistema judicial. Al mismo tiempo, asumiría la misión
fundamental de convertirse en un escudo protector de la independencia judicial,
defendiendo a jueces y magistrados de cualquier presión, intromisión o
influencia indebida, sin ejercer jurisdicción ni intervenir en sus decisiones.
Sus
integrantes no serían jueces, magistrados ni fiscales, sino profesionales de
las áreas administrativa, financiera, tecnológica y de gestión pública. Sus
atribuciones comprenderían la representación política, la representación institucional,
la administración de recursos humanos y financieros, la formulación de
políticas de gestión, el régimen disciplinario y la dirección de la carrera
judicial.
Un escudo
protector de la independencia judicial
Una de las
funciones esenciales del GPJ sería proteger a los jueces de cualquier presión,
intromisión, influencia, amenaza o incentivo indebido, provenga del poder
político, económico o de cualquier otro ámbito.
Para ello,
proponemos que las relaciones institucionales de los funcionarios judiciales
con los demás órganos del Estado y otras entidades se canalicen a través del
GPJ. Asimismo, el contacto directo de los jueces con litigantes, abogados,
peritos, policías, testigos y terceros ajenos al tribunal debería estar sujeto
a reglas estrictas, de modo que las comunicaciones relevantes para los procesos
se produzcan por vías oficiales, transparentes y registrables, con conocimiento
de las partes cuando corresponda.
El objetivo
no es impedir las actuaciones legítimas que exige la administración de
justicia, sino evitar contactos privados que puedan convertirse en mecanismos
de presión, tráfico de influencias o acuerdos indebidos. El GPJ impulsaría
políticas anticorrupción y herramientas tecnológicas de trazabilidad, control y
auditoría para detectar irregularidades y prevenir posibles consorcios entre
operadores de justicia y otros actores.
En el
ámbito administrativo y financiero, gestionaría el presupuesto, los salarios,
las contrataciones, la infraestructura y los recursos necesarios para el
funcionamiento judicial, permitiendo que los jueces se concentren
exclusivamente en impartir justicia.
Elección
popular y responsabilidad política
Proponemos
que el GPJ nacional esté integrado por un presidente y seis directores, con una
estructura equivalente en cada departamento. Sus integrantes serían elegidos
por voto popular, mediante candidaturas organizadas en planchas de cuatro
ciudadanos. La primera mayoría obtendría la presidencia y dos direcciones; la
segunda, dos direcciones, y la tercera, dos direcciones
A
diferencia de los candidatos a cargos jurisdiccionales, los aspirantes al GPJ
podrían desarrollar campañas electorales y presentar programas de gobierno. Al
no tener competencia para resolver controversias ni dictar sentencias, podrían
debatir abiertamente cómo reducir la mora judicial, mejorar el presupuesto,
profesionalizar la carrera, modernizar los tribunales y combatir la corrupción,
sin que esas propuestas constituyan por sí mismas un prejuzgamiento.
La elección
popular permitiría a los ciudadanos comparar programas y exigir resultados. La
representación plural favorecería el control cruzado, aunque requeriría reglas
claras de transparencia, incompatibilidades, rendición de cuentas y mayorías
para las decisiones fundamentales.
Una reforma
estructural
La independencia
judicial no se garantiza únicamente cambiando instituciones, sino estableciendo
reglas que impidan su captura política y económica. Por eso, frente a la
eliminación del Consejo de la Magistratura y la transferencia de sus
competencias al Tribunal Supremo de Justicia, proponemos una alternativa: crear
un órgano político y administrativo especializado, sin atribuciones
jurisdiccionales, cuya misión central sea proteger la independencia de quienes
imparten justicia.
No se trata
simplemente de eliminar una institución, sino de construir un sistema en el que
quienes administran la justicia no dependan de presiones externas y quienes
gobiernan su estructura administrativa nunca puedan decidir cómo deben juzgar
los jueces. Ese es el propósito del Gobierno del Poder Judicial.

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