El presidente Rodrigo Paz Pereira acaba de anunciar,
en el denominado “Encuentro por el País”, un paquete de diez leyes, una reforma
parcial de la Constitución Política del Estado y la creación de una comisión
encargada de impulsar dicha reforma. Más allá de las medidas concretas
anunciadas, el hecho político verdaderamente relevante es que empieza a
instalarse en el debate nacional una realidad que durante años muchos
intentaron evitar: Bolivia atraviesa una profunda crisis de su sistema político
y ninguna solución duradera será posible sin una transformación estructural de
las bases institucionales del Estado.
La crisis boliviana no es únicamente económica.
Tampoco se reduce a la mala administración pública o a los errores coyunturales
de determinados gobiernos. La verdadera crisis es más profunda: se trata del
agotamiento del modelo político e institucional diseñado por la Constitución de
2009, un modelo que progresivamente debilitó la institucionalidad republicana,
fragmentó la representación política, fortaleció estructuras corporativas y
erosionó los principios esenciales del Estado democrático de derecho.
Durante los últimos años, Bolivia dejó de construir
ciudadanía para empezar a organizarse en torno a sectores, corporaciones,
identidades y grupos de presión. El ciudadano individual fue desplazado por una
lógica de representación fragmentada donde distintos colectivos compiten
permanentemente por privilegios, cuotas de poder y beneficios estatales. Así,
el Estado dejó de ser árbitro imparcial para convertirse en administrador de
prebendas políticas.
Las recientes elecciones subnacionales volvieron a
poner en evidencia esta crisis estructural. La renuncia de Nueva Generación
Patriótica a participar en la segunda vuelta para la Gobernación de La Paz,
incluso contrariando la voluntad de su propio candidato, no constituye un hecho
aislado ni anecdótico. Refleja el profundo deterioro de las organizaciones
políticas bolivianas, muchas de las cuales carecen de institucionalidad
interna, democracia partidaria, cohesión ideológica y verdadera visión nacional.
El problema central es que el actual sistema
político boliviano debilitó deliberadamente el rol de los partidos nacionales
como articuladores de la democracia. En su reemplazo, se promovió la
proliferación desordenada de agrupaciones ciudadanas, liderazgos locales
efímeros y estructuras políticas personalistas que terminaron fragmentando la
representación nacional y debilitando la unidad institucional del país.
Un Estado moderno no puede sostenerse sobre la
dispersión permanente del poder político. Toda democracia sólida necesita
partidos nacionales fuertes, capaces de construir proyectos de país, formar
liderazgos, articular intereses regionales y garantizar estabilidad
institucional. Cuando la política se reduce exclusivamente a plataformas
electorales temporales o a organizaciones regionales sin visión nacional, el
resultado inevitable es la fragmentación del Estado, el debilitamiento de la
gobernabilidad y el avance del caudillismo.
A ello se suma otro fenómeno igualmente
preocupante: la consolidación de mecanismos corporativos y privilegios
sectoriales otorgados a distintos colectivos —indígenas, sindicales, gremiales,
identitarios, ambientalistas o de cualquier otra naturaleza— que han terminado
debilitando el principio republicano de igualdad ante la ley. La Constitución
dejó de tratar a los bolivianos como ciudadanos iguales para empezar a
clasificarlos según pertenencias sectoriales, culturales o corporativas.
Una democracia liberal moderna no puede construirse
sobre privilegios diferenciados ni sobre identidades fragmentadas que
sustituyan la ciudadanía común. El verdadero Estado democrático de derecho
existe cuando todos los ciudadanos, sin excepción, están sometidos a las mismas
reglas, cuando los derechos no dependen de pertenecer a un grupo específico y
cuando la ley se aplica con igualdad y universalidad.
Bolivia necesita abandonar progresivamente el
modelo corporativo que domina actualmente la vida política nacional y avanzar
hacia un verdadero Estado ciudadano. Un Estado donde el individuo vuelva a ser
el centro de la democracia; donde las libertades individuales, la igualdad
jurídica, la propiedad, la seguridad y la responsabilidad personal constituyan
pilares fundamentales del orden político.
En esa perspectiva, la reforma constitucional no
debería limitarse a ajustes superficiales ni a simples modificaciones
administrativas. Debe convertirse en una verdadera reconstrucción republicana
del sistema político boliviano.
Ello implica, en primer lugar, recuperar el papel
central de los partidos políticos nacionales. Las agrupaciones ciudadanas
pueden cumplir funciones importantes en los ámbitos municipales y
departamentales, pero no deberían reemplazar la función integradora de los
partidos nacionales, cuya misión esencial debe ser construir proyectos
nacionales, preservar la unidad política del Estado y servir de puente entre la
sociedad civil y el poder público.
Del mismo modo, resulta indispensable fortalecer
principios que hoy parecen debilitados: la independencia de poderes, el respeto
irrestricto a la ley, la seguridad jurídica y la protección efectiva de los
derechos humanos. Ninguna democracia puede sobrevivir cuando las instituciones
son reemplazadas por la presión callejera, los bloqueos, la coerción sindical o
la violencia política.
El monopolio legítimo de la fuerza debe pertenecer
exclusivamente al Estado y ejercerse dentro de los límites de la Constitución y
la ley. No puede existir Estado democrático de derecho cuando grupos
corporativos o sectores organizados imponen decisiones mediante la fuerza o
paralizan el país al margen de las instituciones republicanas. La tolerancia
permanente frente a los bloqueos y mecanismos de presión extralegal terminó
debilitando la autoridad estatal y erosionando la vigencia de la ley.
La transformación del sistema político también
exige repensar la propia estructura institucional del Estado. Bolivia pasó
formalmente de un modelo centralista a un Estado autonómico; sin embargo,
muchas de sus instituciones continúan funcionando bajo una lógica profundamente
centralizada. El Senado, por ejemplo, mantiene prácticamente la misma
estructura y atribuciones que tenía en el antiguo modelo unitario, cuando en un
verdadero Estado autonómico debería constituirse en una auténtica cámara de
representación territorial, con mayores competencias vinculadas a los intereses
departamentales y regionales.
Bolivia necesita reconstruir su sistema político
sobre bases republicanas, democráticas y liberales. Un país serio no se
construye sobre la improvisación, el caudillismo, la confrontación permanente
ni los privilegios sectoriales. Se construye sobre instituciones fuertes, leyes
claras, partidos sólidos, justicia independiente y ciudadanos libres e iguales
ante la ley.
La reforma constitucional no debería ser utilizada
únicamente para administrar la crisis del presente. Debe convertirse en la
oportunidad histórica para reconstruir el Estado democrático de derecho,
recuperar la autoridad de las instituciones republicanas y devolverle al país
un horizonte de estabilidad, libertad y cohesión nacional.

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